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Matrioskas divorciadas

12 noviembre, 2017

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Matrioskas divorciadas

Las mamushkas, esa cadena de muñecas redondeadas y coloridas que caben una dentro de otra y que sirven de adorno de estufas y de juegos infantiles en cenas familiares, no son plenamente rusas, sino de inspiración japonesa. Pero se crearon superponiendo capas, como la tradición rusa ya lo hacía con otras cosas y tomó nombre y popularidad en esas tierras.

También se les dice Matrioskas, que es como decir matrona, porque es parte de la simbología de las figuras arquetípicas de fertilidad y de maternidad que todo cobija. Pero también es una forma material de mostrar la continuidad generacional, el linaje de mujeres, las memorias corporales que podemos transmitir. Por eso, buscando pistas en otras, desde esas mismas matrioskas regresamos otra vez a octubre, para sentirnos por un momento parte de esa posibilidad de multiplicación o de retrospectiva cuasi infinita, para ir un poco más allá sobre lo que significó la revolución dentro de la revolución.

Códigos de familia

El debate público sobre la extinción de la familia, fue muy dinámico durante los años `20 tanto entre integrantes del partido, como entre los juristas que se ocuparon de leyes al respecto, y por supuesto, entre las mujeres.

Uno de los primeros pasos de la revolución fue la eliminación de las leyes familiares del zarismo, principalmente el pasaje del matrimonio religioso al civil y la habilitación del divorcio a pedido de cualquiera de los cónyuges. Luego, ya en octubre de 1918 se aprueba el “Código sobre el Matrimonio, la Familia y la Tutela”, ratificado por el Comité Ejecutivo del Soviet.

Antes de la revolución, cada religión controlaba tanto matrimonio como divorcio, era en las iglesias donde se daban y registraban los mismos. Suponían asimismo toda la lógica del contrato matrimonial de sujeción para unas y privilegios para otros. Ella debía obediencia al esposo, tenía que llevar su apellido y asumir su posición social. Él debía vivir con ella armónicamente, protegerla, mantenerla y también “perdonar sus insuficiencias y aliviar sus debilidades”. Al igual que en el resto del mundo de entonces era casi imposible divorciarse y sólo se reconocían los hijos del matrimonio, por lo que había hijos legítimos e ilegítimos. Lo que ya existía, a diferencia del resto de Europa era la posibilidad de tener propiedades separadas, por lo que dote y herencia le pertenecían a la mujer.

Aunque la ley por sí misma no liberaría a las mujeres, se debatió fuertemente sobre el lugar de las leyes. Para muchos se trataba más bien de unas leyes transicionales porque se entendía que la familia iría desapareciendo en sí misma en el marco de los cambios de la Revolución. Si bien hubo desacuerdos internos porque había quienes querían generalizar la unión libre, sin intermediación y control estatal, el código supuso un gran avance en tanto abolió estatus legal inferior de las mujeres, permitió el divorcio por sola voluntad de una de las partes- incluso sin mayor justificación- y garantizó la exigencia de manutención o pensión alimenticia para hijos nacidos tanto dentro como fuera del matrimonio.

Olla estatal

Uno de los presupuestos de los inicios de la revolución eran que la emancipación de la mujer se daría a través del trabajo asalariado e iba de la mano de una fuerte apuesta por la socialización del trabajo doméstico. Hubo en los primeros años una gran circulación de libros, panfletos, textos académicos, difusión popular sobre la división sexual del trabajo en la familia, que inicialmente fue manejado con apertura del partido, sin ortodoxia rígida para temas como sexualidad y familia (Goldman, 2010).

Así como se esperaba que fuera de las dependencias económicas, hombres y mujeres se unieran y se separaran cuando así lo quisieran, y que la unión libre fuera reemplazando al matrimonio, también se esperaba una transformación en  la paternidad/maternidad. Bajo el socialismo el trabajo doméstico sería transferido a la esfera pública, lo que suponía que las tareas realizadas en las casas por los millones de mujeres rusas, de modo individual y sin pago serían encomendadas a trabajadores/as pagos de comedores, lavaderos y centros de cuidado infantil comunitarios. Desde estas premisas, se gestionaron espacios estatales, especialmente comedores y espacios para niños/as.

Sin embargo, las rusas no debatieron en profundidad sobre la interna del patriarcado en cada familia o el lugar de los varones en la división sexual del trabajo, estas transformaciones estaban atravesadas más bien por su ingreso al mundo del trabajo asalariado, y con ello a la vida pública y política, más que a una complejización en los debates. También era tensa la concepción del trabajo doméstico, que en ese entonces era visto como un trabajo improductivo, arduo, embrutecedor, banal.  La sociedad alimentaría, criaría y educaría al niño, las mujeres podrían combinar maternidad y trabajo, incluso al punto de dar a luz y volver al trabajo doméstico, labor que realiza para la gran sociedad-familia (Goldman, 2010). Tal propuesta, para pasar a la esfera pública toda la tarea doméstica-privada fue claramente radical, aunque suponía un cierto velo que rozaba la estatalización- o más bien la sustitución de mediación estatal -en todas aquellas tareas cotidianas que dan trama a los afectos; se separaban los lazos emocionales de las tareas que contribuyen a gestarlos. Es decir, se imaginaba, concebía y empezaba a organizarse la crianza en espacios colectivos y muchas veces se pensaba de modo disociado algo que es inseparable.

Aborto legal


El aborto estaba extendido en la Rusia pre revolucionaria, aunque no era legal. En noviembre de 1920 el comisariado de Salud y Justicia, mediante un decreto legalizó el aborto (solo en hospitales y por médicos). Tales medidas, estuvieron más cercanas a controlar las tasas de reproducción y no tan signadas desde un discurso del derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo.

Hasta el momento, los métodos anticonceptivos usados eran los menos eficaces: lavados vaginales, coito interruptus y, obviamente se practicaba mucho el aborto fuera o no legal. Hubo una enorme demanda una vez legalizado el mismo y no fue sencillo organizar la atención, incluso llegó a establecerse lista de prioridad entre mujeres solteras o con más hijos. Mientras tanto la demanda por métodos anticonceptivos por parte de las mujeres iba en aumento.

Las que abortaban en los hospitales era más bien las mujeres urbanas, en el campo se seguía con las parteras (babki). Lo complejo del asunto es que en las clínicas se practicaba un raspaje sin anestesia y evidentemente muy doloroso. Tal práctica sin anestesia se daba por la escasez de éter, aunque en algunos casos también se registraba que muchos médicos usaban el dolor como fuerza disuasiva.

En cualquier caso, el aborto legal pese a tales condiciones se incluyó como uno de los ejes relevantes en la vida nueva y supuso todo un ensayo para estas mujeres que estaban buscando revolucionarlo todo.

Ropa sucia afuera: reformas legales y después


En el contexto de la guerra y de la crisis económica fue difícil sostener el Código en su totalidad, y las pretensiones de resolver todas las tareas de reproducción de la vida mediante la intervención del Estado. Las mujeres que entraban a la fuerza laboral -industrialización mediante- seguían a cargo de los/as hijos/as y de las tareas domésticas, y eran -igual que ahora- las últimas en ser contratadas y las primeras en ser despedidas. El desempleo era mayor en el contexto del NEP y su afectación para las mujeres era mayor aún, según denunciaron las propias mujeres en sus congresos. Es decir, lo que suponía divorciarse no era lo mismo para mujeres que para varones, más allá de la legislación igualitaria. Asimismo, desde los años ´20 ya había sucedido una reducción de guarderías, de comedores y en general de los lugares de socialización de las restantes tareas de cuidado.  De hecho, a partir de 1921, no era posible resolver alimentación plenamente en los comedores, lo que supuso nueva carga para las mujeres (hacer compras, cocinar, lavar). Se estima que se sumaba a las 8 horas de trabajo asalariado y unas 5 horas más de trabajo doméstico, por tanto menos horas de descanso, tiempo libre o de actividades políticas (Goldman, 2010).

En esos años, en el contexto de desempleo y divorcios antes señalado hubo un gran aumento de pedido de pensión alimenticia de las mujeres divorciadas. Los varones no solo no lo estaban haciendo por propia voluntad, hasta un 70 % negaba la paternidad (Goldman, 2010). Muchas mujeres pedían pensión de hijos concebidos en contexto de abuso de fábricas o de promesas de trabajos.

Lo interesante es que fruto del debate previo la mayor parte de los jueces creían en lo que las mujeres señalaban como problemas. Goldman (2010) señala que incluso para algunos jueces si un varón no asumía o era identificado como el padre, todos los varones que habían tenido sexo con la mujer debían pagar pensión. En general las mujeres ganaban las demandas, porque los jueces tenían una política de favorecer a madres y niños, acorde al espíritu del código de 1918. No obstante los padres alegaban, se escondían o se cambiaban de ciudad y en el caso de los campesinos también argumentaban la falta de dinero.

Hubo, hasta intentos de una campaña contra la irresponsabilidad masculina, que finalmente derivó en campañas profamilia y posteriormente en una nueva ley en 1936. De hecho, ya desde 1924-1925 comienza un fuerte debate sobre el cambio de código, buscando mayor intervención estatal, enmarcado en una amplia discusión en las organizaciones locales y prensa. Uno era entre el matrimonio de facto, que por supuesto existía, y su reconocimiento. Pero sobre todo luego se fue pasando de los debates sobre extinción de la familia a una concepción regresiva de la institución familiar.

Como en todos los ensayos hubo aciertos y errores, pero no hay duda que estas mujeres fueron osadas, creativas e irreverentes. Hay mucho por mirar en ellas para seguir pensando nuestros propios experimentos, para contrarrestar las retóricas vacías de la emancipación femenina, para recuperar lo iniciado en el contexto revolucionario. Especialmente para no desheredarnos como mujeres de experimentos y de las creaciones de las matrioskas imaginarias que nos acuerpan.

 

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Referencias
Goldman, Wendy (2010) La mujer, el Estado y la revolución: Política familiar y vida social soviéticas, 1917-1936. Buenos Aires: Ediciones IPS