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Minneapolis: revuelta y redes de ayuda mutua

23 marzo, 2026

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crimethinc.com

Minneapolis: revuelta y redes de ayuda mutua

¿Por qué no hablamos un poco más de Minneapolis y un poco menos de Trump? ¿No deberíamos estar fascinados, analizando y estudiando estas revueltas y redes de ayuda mutua? ¿No resulta desproporcionado el interés mediático en las constantes provocaciones si lo comparamos con la escasa atención que recibe la organización popular desde abajo? ¿Qué resulta más útil para comenzar a romper esas dependencias, seguir hablando de lo terrible que es la deriva global hacia la ultraderecha o mirar hacia lo que sí podemos hacer cuando nos organizamos desde abajo?


¿Por qué no hablamos un poco más de Minneapolis y un poco menos de Trump?

Lentamente, gran parte de las tropas de ICE (sigla en ingles del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) han ido abandonado Minneapolis, a la par que las noticias sobre la causa de esta retirada han ido desapareciendo de la “actualidad informativa”. El ataque a Irán pasa a primer plano, y corremos el riesgo de volver a caer en la impotencia y el miedo ante un régimen que, a pesar de su indudable letalidad, necesita a largo plazo de un apoyo popular que está empezando a perder, como atestiguan los bajos índices de aceptación de los recientes ataques. Orgullosxs de llegar tarde a las últimas noticias, como los medios que nos acogen, quisiéramos aportar todavía algo sobre uno de los síntomas más interesantes de la debilidad de ese régimen: la solidaridad y resistencia frente a ICE en Estados Unidos.

Pues, efectivamente, es la solidaridad y la resistencia de la gente de a pie autoorganizada la que consiguió esta victoria en Minneapolis sobre una fuerza armada tan peligrosa y agresiva como es hoy en día ICE. Desafiando al riesgo evidente de ser asesinados a sangre fría, como les acababa de pasar a Silverio Villegas en Illinois, y a Renee Good y Alex Pretti en la propia Minneapolis, miles de personas se lanzaron a las calles con temperaturas de hasta 30 grados bajo cero para exigir la retirada de ICE. La presión fue tan grande que incluso una administración supuestamente inmune a las críticas (de hecho, a menudo se crece con ellas), tuvo que doblegarse y ordenar efectivamente una retirada de tropas y la muy simbólica salida del jefe de la operación, a quien, de manera particularmente humillante, se le prohibió usar temporalmente las redes sociales. Esta derrota de la fuerza bruta de ICE por la valentía de gente cualquiera resultó tan notable e inesperada que consiguió hacerse un hueco entre el aluvión de noticias alarmantes sobre los continuos abusos perpetrados por el régimen. Ahora, conforme pasan los días, las respuestas de la gente frente a esos abusos vuelven a quedarse en el segundo plano en el que habitualmente están. Volvemos a hablar sobre todo de lo que pasa “por arriba”, y a prestar poca atención a los movimientos, siempre más difíciles de percibir y de contar, que se dan “por abajo”. 

Y, sin embargo, ¿podemos decir que lo ocurrido en Minneapolis es un caso aislado? Sabemos que en otras ciudades que han sufrido ataques masivos de ICE, como Chicago y Los Ángeles, ha pasado lo mismo. ¿No deberíamos estar fascinados, analizando y estudiando estas revueltas y redes de ayuda mutua? Sin duda, hay razones de sobra para prestar atención a la deriva autoritaria del régimen (no solo el de EEUU sino, en general, del régimen colonial-capitalista occidental), pero ¿no resulta desproporcionado el interés mediático en las constantes provocaciones (muchas de ellas son faroles) de los títeres neofascistas de turno, sobre todo si lo comparamos con la escasa atención que recibe la organización popular desde abajo?

Esta desproporción se agudiza más aún cuando se trata de medios que hablan sobre Estados Unidos desde fuera del país. La larga y devastadora historia de imperialismo norteamericano ha generado una no menos larga tradición de antiamericanismo, muy fuerte en los países de habla hispana. Y esa tradición está llena de buenas razones, por supuesto, pero a veces impide ver la complejidad y los aspectos más esperanzadores de lo que pasa en los EEUU. El desconocimiento y los estereotipos tampoco ayudan. En estas notas vamos a intentar ofrecer una mirada más matizada, comentando algunos ejemplos concretos de formas de autoorganización popular y de ayuda mutua que estamos viendo ahora mismo en Estados Unidos, en los lugares donde vivimos.

Redes de solidaridad y ayuda mutua que proliferan donde usted no las esperaba

Se suele decir que solo ciudades como Nueva York y Los Ángeles se salvan de esa mitificada “América profunda” en la que todo el mundo sería terriblemente conservador, “ignorante” e insolidario. Sin embargo, la ciudad de North Carolina en la que vivo, Durham, de 300.000 habitantes, es uno de los muchos lugares que desmienten estos estereotipos. La mañana en que ICE llegó a Durham, a mediados del pasado mes de noviembre, ya sabíamos desde hacía días que se estaban acercando gracias a las redes establecidas entre las ciudades de la zona. Desde el aviso previo, la gente se movilizó de la noche a la mañana, utilizando infraestructuras de movimientos ya existentes para responder a la amenaza. Patrullas civiles se coordinaron inmediatamente para presentarse en los puntos más frecuentados por ICE, como las tiendas de la cadena de materiales de construcción Home Depot, con el objetivo de ejercer presión mediante su sola presencia: filmando, solicitando órdenes judiciales y tratando de disuadir a los agentes de llevarse a la gente. Alguien había hecho hasta un mapa actualizado en tiempo real que mostraba dónde se había visto a ICE para poder rastrear sus movimientos y también para evitarlos. 

Esa mañana, casi todas las escuelas de Durham, si no todas, fueron protegidas por grupos de padres y madres que hacían turnos, preparados para meter ruido con silbatos y alertar en caso de que llegaran agentes de ICE, tanto a la hora de dejar a los niños en el colegio como por la tarde, durante la recogida. También se organizaron unidades de respuesta inmediata de ayuda mutua que se encargaban de llevar la compra a migrantes indocumentadas que no se sentían seguras saliendo de sus casas, asegurando así que estuvieran abastecidas durante el tiempo que duraran las redadas.

Mi madre, que en aquel momento estaba de visita en Durham y es norteamericana pero ferviente antiimperialista estadounidense, además de una persona muy informada sobre lo que ocurre en el mundo y residente en España desde finales de los años 70, no se podía creer la rapidez con la que se había logrado semejante despliegue de ayuda mutua. Meses más tarde, durante la Navidad en Barcelona, creo que por primera vez (y quizá esté exagerando), la oí hablar con cierto orgullo de EEUU —de la gente, no del gobierno, ni del podrido Partido Demócrata, ni del modelo capitalista depredador, sino de la gente. En la conversación, alguien había lanzado una crítica al trumpismo: una crítica fácil que a ella siempre le molesta, porque no se puede criticar el trumpismo sin entender que es el Partido Demócrata y su imperialismo el que nos ha traído hasta aquí. Nos ha traído hasta aquí en lo inmediato por Palestina y toda la represión violenta de las protestas contra el genocidio, al que apoyaron explícitamente, pero también, más en el largo plazo, por no responder al mandato de proteger y expandir los derechos de las clases trabajadoras y de luchar por la supresión de la pobreza en este país. El Partido Demócrata no sólo no ha subido los impuestos a las grandes fortunas, que sería lo más lógico, sino que directamente ha asediado a los más pobres, desmantelando protecciones a diestro y siniestro. Este ataque a los de abajo viene de muy lejos: su última fase comienza con el gobierno de Bill Clinton, continúa con el belicismo imparable de Obama y Hillary Clinton, sin mencionar el bloqueo del Partido Demócrata a Bernie Sanders, y culmina en el fracaso de lo que se ha denominado Bidenomics.

Mi madre —la más crítica de todas con EEUU, y quien la conoce sabe que tengo razón—, respondió a esa crítica fácil al trumpismo, recordando toda esta historia lamentable del partido demócrata, pero también se iluminó al contar lo rápida y contundente que había sido la respuesta ciudadana en Durham ante la llegada inminente de ICE. 

Alianzas y radicalizaciones en Nueva York

La perspectiva desde una gran ciudad sobre la que suelen caer todas las miradas, como es Nueva York, puede ofrecer también algunos detalles que quizás no son tan conocidos. En octubre del año pasado se formó la coalición Hands Off New York (algo así como “Nueva York no se toca”), cuando el régimen estaba enviando a varias ciudades no solo a ICE sino a fuerzas militares supuestamente con la tarea de “reducir el crimen”. Nueva York es una ciudad que obviamente atesora una larga tradición de activismo, y en esta coalición se unieron 159 organizaciones que se conocen bien entre ellas y que, en muchos casos están acostumbradas a colaborar. La coalición incluye sindicatos, grupos religiosos de base, y organizaciones comunitarias, grandes y pequeñas, en muchos casos barriales o asociadas a comunidades migrantes (latinas, del sudeste asiático, etc). Lo que no resulta tan habitual es que esta coalición esté vertebrando esfuerzos de autoorganización por toda la ciudad que exceden las lógicas habituales de las ONGs y del activismo profesional. Bajo el paraguas de Hands Off y también de Indivisible (otra coalición, más cercana al partido demócrata, que también funciona coordinando grupos locales) están proliferando una serie de iniciativas similares a las descritas por Katryn en Durham, a menudo organizadas por vecinas sin previa experiencia en activismo político. Entendámonos: obviamente las comunidades migrantes y sus organizaciones de base han estado y siguen estando en primera línea de la lucha contra la maquinaria racista-capitalista que ha operado ininterrumpidamente a través de administraciones republicanas y demócratas (recordemos, Obama sigue ostentando el récord de deportaciones e hizo construir los centros de detención para niños y familias migrantes que hoy usa Trump). Sin embargo, lo que estamos viendo con la escalada criminal de ICE, es que, ante la necesidad de personas blancas y con ciudadanía estadounidense para poner sus cuerpos en esa primera línea, aparece una gran cantidad de gente dispuesta a hacerlo, y, lo que es más, esa gente está ya autoorganizándose para encontrar las maneras más eficientes de intervenir.

Una sala repleta de este tipo de gente, (entre la que no me cuento, porque, aunque “soy” blanco no tengo ciudadanía norteamericana), fue lo que me encontré hace poco cuando me acerqué a una reunión de Indivisible en el afluente barrio de Park Slope. Una mirada rápida a la sinagoga habilitada como sala de reuniones, y en la que se ofrecían tamales a los asistentes, confirmaba la homogeneidad socio-racial. Las organizadoras, también aparentemente mujeres blancas de clase media-alta, fueron turnándose para contar los distintos proyectos que estaban llevando adelante. Entre ellos el del grupo de “solidaridad”, que se estaba coordinando con organizaciones migrantes del barrio de Sunset Park para, justamente, enviar a gente a poner sus cuerpos en la calle y funcionar así como elementos disuasorios frente a los secuestros que ICE viene ya realizando en ese barrio. Después de varias intervenciones y un pequeño taller de “know your rights” (“conoce tus derechos”), las organizadoras nos pidieron que habláramos en pequeños grupos sobre cómo pensábamos que podríamos colaborar. En ese momento me di cuenta de que justo me había sentado en el margen en el que estaban varias de las pocas personas no blancas de la sala: un chico afroamericano y una pareja formada por un puertorriqueño y una sud-asiática. Enseguida esta mujer empezó a comentar que esa reunión le había parecido “muy blanca” y “tibia”, y nos recomendó ir a las reuniones de DSA, los Democratic Socialists of America, que tras conseguir la elección del alcalde Zohran Mamdani, han multiplicado sus miembros y su presencia en la ciudad. La verdad es que no le faltaba algo de razón. 

En cualquier caso, me quedé un rato más, y cuando la gente se estaba marchando, me acerqué a la mujer que había hablado sobre el solidarity group. Descubrí que era una maestra de español en una escuela pública de Sunset Park, con lo cual, a no ser que tuviera alguna herencia por ahí, vivía con un sueldo que desde luego no la convertía en clase-media alta en Nueva York. Me dijo también que tenían muy claro que debían seguir siempre las instrucciones de la gente de las comunidades más vulnerables a ICE, con las que estaban en solidaridad.  Me ofrecí como traductor y me marché convencido de que, ciertamente, esas mujeres estaban facilitando un proceso político en ambientes habitualmente asociados a los “liberals” (esos que hacen política para sentirse moralmente superiores y que siguen creyendo que el Partido Demócrata nos va a salvar a todos), pero al mismo tiempo sus acciones no dejaban de tener la radicalidad de enfrentarse directamente a un cuerpo para-militar neo-fascista utilizando su “privilegio”, pero también su inteligencia colectiva y un repertorio de prácticas de ayuda mutua contagiosas, como las de Minneapolis.  

Riesgos que se corren y barreras que caen

Hay que tener en cuenta también cuál es el precio y cuáles son los riesgos de la movilización en EEUU, no solo ahora, sino en general. Muchas veces me he sentido confundida cuando la gente celebraba el “gran poder de convocatoria” logrado en las protestas —ya fuera por el alto el fuego en Palestina, en una protesta anti-ICE o en una huelga como estudiante de doctorado— porque no entendía qué había que celebrar si solo habían aparecido 200 personas en una ciudad como Filadelfia, o 40 en una ciudad como Durham. Sin ánimo de hundir a nadie, me guardaba para mis adentros que aquello me parecía un fracaso, un síntoma más de la profunda desafección de la ciudadanía estadounidense.

Ahora, sin embargo, veo con claridad que lo que ocurre es de otro orden. Lo que veo es que esos números son el reflejo de un miedo tremendo, porque salir a protestar por las causas que hoy se están defendiendo —principalmente contra el genocidio del pueblo palestino y contra ICE, pero lo mismo puede ocurrir como consecuencia de participar en una huelga en cualquier momento— puede costarte la vida en el peor de los casos, o tu visado, cuando no directamente tu trabajo. En un país donde las enfermeras están profundamente explotadas y los hospitales para los que trabajan no les cubren a ellas mismas el seguro médico —de modo que muchas no pueden permitírselo y trabajan sin cobertura—, acaban de llevar a cabo una huelga de seis semanas en la ciudad de Nueva York, corriendo un riesgo muy real de perder su empleo.

La huelga general, como la que se convocó contra ICE en Minneapolis, con un éxito considerable, es supuestamente impensable en un país donde mucha gente no tiene reconocido el derecho a la huelga por sus contratos. Hay que tener en cuenta que debido al desmantelamiento de los derechos de los trabajadores que se ha llevado a cabo en EEUU, la primera asunción es que incluso en los estados más progresistas, todo acuerdo sindical conlleva la renuncia al derecho a huelga, por no mencionar el gran número de estados donde la huelga está incluso prohibida para los trabajadores del sector público. Pero en Minneapolis todas esas barreras se cruzaron, y se llegaron a ver incluso alianzas entre trabajadores y empleadores para hacer la huelga contra ICE. A la hora de la verdad, si hay voluntad de correr riesgos, las barreras burocráticas pueden caer.

Sí, el individualismo es rampante en EEUU. Pero eso no impide que se den formas de solidaridad radical, para las que una población mucho más abandonada (aún) por el Estado que la europea, está quizás mejor preparada. Cuando empecé a participar en lo que aquí suele llamarse organizing —en lugar de activismo— me produjo un rechazo inicial el énfasis constante en el yo, en la experiencia vivida, en la subjetividad individual. Siempre cuento que, tras el primer gobierno de Trump en 2016, empecé a involucrarme en un grupo de solidaridad con Black Lives Matter llamado Show Up for Racial Justice (SURJ). En mi primera reunión me pidieron que hablara con la persona que estaba sentanda a mi lado durante más de diez minutos sobre cómo nos sentíamos y si algo nos incomodaba del grupo —yo, que ni siquiera había tenido aún tiempo de conocerlo—. No me podía creer que dieran tanta importancia a sentimientos individuales que, la verdad, comparados con la urgencia de la tarea anti-racista que nos planteábamos, parecían casi caprichosos y banales.

En esa misma reunión, sin embargo, supe que esas mismas personas estaban viajando a Dakota del Norte para protestar contra el oleoducto de Standing Rock sabiendo que seguramente los iban a detener; y que también participaban los Catholic Worker Movement, un grupo de izquierda militante católico y anticapitalista, comprometido con la ayuda mutua, con una clara orientación antiestatal de inspiración anarquista y que, aunque no defiende el aborto, tampoco lo persigue ni respalda la agenda punitiva del antiabortismo. Pese a que no seguí en ese grupo mucho tiempo, este encuentro me enseñó que las formas y la complejidad de la organización política en EEUU es extremadamente ajena para alguien como yo que venía de Barcelona. 

Capas de experiencia colectiva frente a la epidemia de soledad

En EEUU, como en todas partes, las cosas son más complejas de lo que a veces parecen. Los movimientos de ayuda mutua y de autoorganización ciudadana no empiezan cada vez de cero, aunque desgraciadamente pueda parecerlo, por la dificultad que tenemos en los movimientos populares para sostener y valorar nuestra propia memoria. Hay además una tendencia importante a despreciar lo viejo e idealizar lo nuevo que es sustancial a la izquierda occidental en general, con su prejuicio “progresista”, y su concepción lineal de la historia, que tanto daño ha hecho al apoyar la división colonial entre lo “moderno” y lo “atrasado”, lo “civilizado” y lo “bárbaro”. 

Sin embargo, no hay que irse muy lejos para encontrar uno de los antepasados quizás más inmediatos de las redes de solidaridad anti-ICE que se están formando en NYC: son las redes de ayuda mutua que se formaron durante la pandemia del COVID. Una vez más, vecinos llevando comida a otros vecinos, grupos de Signal, el pragmatismo americano puesto al servicio de la solidaridad. Un caldo de cultivo que seguro que algo ha contribuido también a la extraordinaria movilización contra el genocidio palestino que ha tenido lugar en la ciudad. Estas redes a su vez se aposentan sobre otras muchas capas de experiencias previas. Una de ellas me saltó a la vista el otro día mientras me dirigía con mi hijo hacia otra reunión, esta vez de Hands Off, y me iba dando cuenta de que el apartamento privado donde iba a tener lugar el encuentro estaba justo en las mismas torres de pisos del Lower East Side a las que habíamos ido en 2012 para ofrecer ayuda a la gente afectada por el Huracán Sandy. En aquella ocasión lo hicimos en el contexto de “Occupy Sandy”, una red de ayuda mutua surgida del movimiento Occupy Wall Street, que había sacudido nuestra ciudad el año anterior. 

Si quiero llamar la atención sobre estas capas en las que se asientan los movimientos no es tanto por un prurito de arqueólogo, ni siquiera de historiador, sino porque me parece que cuando somos conscientes de ellas nos hacemos más fuertes, y quizás hasta entendemos mejor lo que estamos haciendo. En cualquier caso, aquel día mi hijo y yo subimos a una de esas torres, y de nuevo entramos en una habitación con una clara mayoría de clase media blanca, esta vez el salón de la casa de K., una mujer mayor que se estaba aún recuperando por haberse caído recientemente en el hielo de camino a una manifestación. El único racializado era mi hijo, latino, aunque él, al revés que yo sí que tiene la ciudadanía. Nos ofrecieron un training exhaustivo para lo que aquí se llama “canvassing”, ir puerta a puerta haciendo campaña para algo: en este caso ir por los comercios de la zona repartiendo panfletos y explicando a la gente lo que pueden hacer si ICE entra en sus establecimientos. Nos preguntaron si alguien ya había hecho canvassing. Mi hijo de 13 años quiso saber si contaba el haberlo hecho para la campaña de Mamdani. Con sonrisas amables, los adultos contestaron que claro que sí, y celebraron el comentario, aunque lo cierto es que no, no estaban seguramente preguntando por experiencias previas de canvassing, sino solo en el contexto de Hands Off. Mi hijo trajo así, siendo apenas adolescente, un pedacito de memoria reciente que era bien relevante para lo que estábamos haciendo. 

Pues efectivamente, estamos en la Nueva York que ha elegido hace pocos meses a su primer alcalde socialista, no blanco y abiertamente opuesto al genocidio en Palestina. Esta elección solo fue posible gracias a una masiva movilización de “voluntarios” (unos 100.000) que fueron puerta por puerta pidiendo el voto. Esta movilización ha sido considerada todo un fenómeno social, del que han sido protagonistas sobre todo jóvenes de la clase media precarizada que intenta subsistir en una ciudad cada vez más ridículamente cara. Y en la que sufren de otra epidemia: la de la soledad. En torno a la campaña de Mamdani, igual que ahora en torno a Hands Off se han creado espacios en los que la gente puede hacer algo tan básico como encontrarse en un contexto que no es de trabajo ni tampoco de esa especie de segundo trabajo en que se ha convertido el “ocio”, al que más bien se le debería llamar consumo de pseudo-experiencias. Una de las cosas que creo que me ha dado la paternidad es una mayor claridad sobre la necesidad de ese tipo de espacios, donde no todo depende del dinero ni de las jerarquías: al ser padre te das cuenta de que o bien le estás dando la posibilidad a tu hijo de habitar esos espacios o bien no. No importa cuánto le digas lo que te gustaría hacer o cómo te gustaría vivir: el hijo ve lo que haces, cómo vives de hecho, dónde está tu deseo, cuánto tiempo dedicas a perseguir dinero, objetos de consumo (materiales o inmateriales) y estatus, y cuánto a abrirte a situaciones de encuentro con otros en las que la lógica es un poco más experimental y más frágil. Situaciones de encuentro que a veces, cuando proliferan y ganan fuerza, pueden llegar a abrir la posibilidad de re-imaginarlo todo. La vibración de una especie de amanecer renovado del mundo. 

De las fake news a las barricadas circulares: 

¿por qué no hablamos un poco más de lo que sí podemos hacer?

Con todo esto no tratamos de ofrecer un relato triunfalista y autocomplaciente, ciego ante el estado de las cosas y ante la brutal realidad del imperio genocida que es este país desde el que escribimos —el vientre de la bestia, como se dice—, sino un intento de agrietar un relato supuestamente crítico que peca, precisamente, de su propia ceguera, al criticar el fenómeno Trump como si hubiese aparecido de la nada y al mismo tiempo olvidar que la gente aquí es gente cualquiera que quiere vivir y que, en muchos casos, está dispuesta a arriesgarlo todo contra el abuso de poder. Como es el caso de Mahmoud Khalil o Mohsen Mahdawi, activistas pro-Palestina cuyos datos fueron entregados por sus propias universidades a ICE y que luego fueron encerrados en centros de detención de inmigrantes durante meses, o como los miles de ciudadanos en Los Ángeles, muchos de ellos migrantes, que salieron a las calles para defender a sus comunidades contra las redadas de ICE. Y todas las otras historias mucho menos sonadas, como la del pueblito de menos de 1500 habitantes en el estado de Nueva York que cuando ICE se llevó a una madre y sus hijos, salieron todos a protestar y lograron que los liberaran y volvieran a sus casas. Esto es la realidad también del día a día en los Estados Unidos. Si hay algo en lo que no debemos dejarles ganar es en hacernos creer que somos de mundos distintos. Los movimientos serán internacionalistas o no serán. 

La omnipresencia de Trump en la prensa junto con el escaso eco que reciben las formas de resistencia popular que no se dejan intimidar ante la adversidad —incluso ante la posibilidad real de ser asesinadas a plena luz del día— debería hacernos sospechar. No tanto porque exista miedo a protestar en otros países, sino porque esta comparación constante opera como un mecanismo de apaciguamiento: refuerza la percepción de que la situación allí es aceptable, o al menos mucho mejor de lo que podría ser, desactivando así el malestar político antes de que se traduzca en conflicto.

Finalmente, queremos insistir en que ese malestar y ese conflicto, cuando la gente nos autoorganizamos en redes de resistencia y solidaridad, se traduce también en situaciones de encuentro y experimentación capaces de transformar la forma en que vivimos. En este sentido, una de las muchas imágenes de la reciente lucha popular en Minneapolis que nos ha llamado la atención ha sido la de la “filter blockade”, o lo que podríamos llamar en castellano, la “barricada circular”. En las intersecciones de la ciudad se construían esta especie de rotondas improvisadas (que recuerdan, por cierto, a las de movimiento de los Chalecos Amarillos en Francia). Su doble función es evidente: por un lado, parar o al menos ralentizar el tráfico, para poder detectar los coches de ICE, y por otro, crear un espacio de encuentro y de convivencia, en el que se encendía fuego para entrar en calor, se guardaban los víveres que la gente aportaba, y donde, simplemente, se charlaba con desconocidos sobre la situación y se creaban vínculos.

Sin duda los límites de estas experiencias de insurrección callejera están claros, y nunca faltará quien se apresure a señalar su carácter efímero y “desorganizado”. Ciertamente, transformar lo cotidiano en pequeños espacios, abrirnos a los otros y al mundo durante unas jornadas de lucha, no es lo mismo que cambiar el orden colonial-capitalista de manera estructural y permanente. Para esto último tendríamos que, entre otras cosas, romper con nuestras dependencias respecto a ese mundo liberal que, en muchos casos, paga nuestros sueldos o hace posible de una forma u otra el sostenimiento de nuestras vidas.

Pero, en definitiva, nos planteamos qué resulta más útil para comenzar a romper esas dependencias: ¿seguir hablando de lo terrible que es la deriva global hacia la ultraderecha o mirar hacia lo que sí podemos hacer cuando nos organizamos desde abajo? Especialmente cuando tal vez esa organización desde abajo sea el único espacio al que podemos desertar, si queremos abandonar de una vez esa máquina liberal colonial-capitalista cuya consecuencia y “plan b” ha sido siempre, y sigue siendo, el fascismo.

 

 

Una versión de esta nota fue anteriormente publicada en ctxt.es bajo el título «Un poco más de Minneapolis»