América Latina

Los amores de Rosa

20 octubre, 2020

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Banda Propia editoras

Los amores de Rosa

La reciente publicación en Chile de un selecto grupo de cartas de amor escritas por Rosa Luxemburgo destaca dimensiones relegadas de la personalidad y amplitud política de una de las pensadoras marxistas más originales del siglo XX. Amor, erótica y militancia se conjugan en una vida de compromisos sin miedo a la totalidad


Rosa Luxemburgo fue una persona extremadamente amorosa. Su particular sensibilidad, así como el ejercicio de la libertad que desplegó a lo largo de su vida en términos sexo-afectivos, llaman la atención aún hoy en día, porque desentonan ante lo que en su época tendió a ser pura pacatería, tradicionalismo burgués, respeto denodado por la familia nuclear, frío calculo estratégico o mera racionalidad instrumental. Jamás hizo lugar a estos mandatos, por lo que muchos fueron quienes se ensañaron con su actitud de tremenda osadía frente a la hegemonía patriarcal. Rosa nunca se casó ni tuvo hijos. Tampoco convivió con pareja alguna. Su única compañera hogareña fue Mimi, una gata a la que amó como a nadie y con la que sentía la mayor de las afinidades, casi hasta la mímesis. La autonomía era un bien demasiado preciado para ella, ya sea en las calles y plazas como en la cama. Y si bien no se declaró de manera abierta feminista, hoy podríamos caracterizarla como una precursora de esta lucha.

Un nuevo libro que acaba de publicarse en territorio chileno bajo el título de Dime cuándo vienes (Banda Propia Editoras y Fundación Rosa Luxemburgo, 2020), recopila precisamente una cuidada selección de las cartas de amor escritas por Rosa entre 1893 y 1917, y permite reconstruir en detalle los estados de ánimo, el clima de época, los debates públicos y ante todo la intimidad de una de las más importantes y originales mujeres del siglo XX. En este caso, la compilación privilegia, dentro de su copiosa correspondencia, aquellas epístolas enviadas a cuatro destinatarios, casi todos signados por un vínculo de clandestinidad amorosa: Leo Jogiches, Kostja Zetkin, Paul Levy y Hans Diefenbach.

En cada una de sus cartas, los avatares políticos e intelectuales de Rosa como teórica marxista y militante de izquierda de creciente gravitación en Europa, se entrelazan con sus preocupaciones e intereses personales por la pintura, la literatura, la música y la botánica. La cada vez más tortuosa relación mantenida con quien fuera por mayor tiempo su pareja, Leo Jogiches, conspirador lituano y trashumante revolucionario profesional, resulta particularmente sugerente, y puede leerse desde el presente como un vínculo de amor-odio en el que con recurrencia él parece asumir el papel de un mainsplanning con todas las letras, que para colmo de males tiene a la “Causa” socialista como único motivo y sentido de su ajetreada existencia.

Rosa se lo explicita sin medias tintas en más de una ocasión, como cuando le espeta desde Francia: “Realmente me molesta el hecho de que cada vez que tomo una carta en mis manos suceda siempre lo mismo —el próximo número, el folleto, este artículo, o cualquier cosa—. Todo eso estaría bien si al menos pudiese ver un poco de la persona, del alma, del individuo que hay detrás. Pero no hay nada tuyo, absolutamente nada”. A lo cual agrega, ya en un plano estrictamente político (aunque el anterior también para Rosa lo es), una recriminación por su invariante machismo en materia organizativa: “Tomas una decisión e insistes en ella sin considerar mi opinión, sin un intercambio de ideas conmigo”. Este mal hábito de pedantería se deja traslucir una y otra vez, al punto que deba insistir en otra epístola que “no hay una sola cosa que me preocupe y sobre la que te escriba a la que no respondas con lecciones y consejos”, asumiendo “el papel de mentor, por el que te sentiste llamado a instruirme siempre sobre todo”.

Amor, desazón y sufrimiento se acumulan en la correspondencia intercambiada con Leo. La falta de ganas o el poco afecto que este le transmite en sus misivas le “desgarran el alma”. Sin embargo, la relación iniciada en 1893 —un círculo encantado de enigmas lo llega a definir irónicamente la propia Rosa— durará muchos años. Esta experiencia dolorosa, con quien Rosa considera por momentos su “esposo” y hasta alucina tener un hijo suyo, es vivida de manera intensa y plagada de emotividad, aunque en sordina se evidencia un progresivo desencuentro que culmina en franca ruptura en 1907, a pesar de continuar siendo compañeros de militancia hasta el final trágico de sus días.

Tras este quiebre, Rosa entabla otros vínculos sentimentales, siempre distantes del amor romántico pero tejidos desde la pasión y la ternura: primero con Kostja Zetkin, 13 años menor que ella e hijo de su amiga Clara Zetkin, feminista sin fronteras con quien libra infinidad de batallas en común; luego con Paul Levi, su abogado personal y referente del ala izquierda del partido en el que militan juntos (relación que, por cierto, se mantuvo por mucho tiempo en secreto); y finalmente con Hans Diefenbach, en sus últimos años de vida que transcurren —salvo por breves interregnos— entre rejas, como presa política, condición que lejos de aplacar su energía vital parece potenciarla desde una férrea convicción ante lo que, en una carta a su enamorado, llama la regla básica: “Simple y llanamente estar bien, eso resuelve y unifica todo, y es mejor que cualquier astucia y razón”.

“Me estoy proponiendo una vez más comenzar una nueva vida”, comenta en otra carta a Hans de noviembre de 1914. El contexto en el que la escribe no puede ser más pesimista: desencadenamiento de la primera guerra mundial, un partido socialdemócrata que vota a favor de los créditos destinados a solventar el intervencionismo bélico, una Internacional desgarrada por intereses nacionalistas. Sin embargo —o quizás justamente por ello— Rosa no pierde la esperanza. Su correspondencia puede leerse, también, como un canto a la vida en una coyuntura donde la barbarie dista de ser una posibilidad remota. A pesar de que “de repente el mundo entero se ha convertido en un manicomio”, aún hay “espacio para el pensamiento lúcido y la acción persistente”, dirá.

Pero sería un error acotar esa defensa de la vida a sus formas puramente humanas. Rosa reivindica en la correspondencia que elabora —y la hace carne en su cotidianeidad amorosa— una sensibilidad revolucionaria, que involucra también y sobre todo a los seres vivos en un sentido integral. Como en el ojo fotográfico y del cine, hay aquí un campo visual, sonoro y hasta olfativo que, desde una lectura apresurada o una mirada desatenta, se corre el riesgo que quede detrás de escena, desenfocado o fuera de un necesario encuadre sentipensante.

Aquellos y aquellas a las que bien cabe considerar verdaderos/as amantes de Rosa, a quienes con mayor pasión abrazó y quiso en vida, acaso tanto o más que a la causa socialista misma: gorriones, avispas, búfalos, perros, gatas, escarabajos y garzas, pero también flores y plantas medicinales que supo cultivar en su pequeño jardín, coleccionar en su herbario o delinear entre campos y bosques como escenario de ensueño en su imaginación utópica, integrantes todos ellos de un mundo “armónico y pacífico”, donde la violencia estructural y la inseguridad de la existencia no fuesen la regla.

Salvando las distancias, este amor político por la naturaleza ejercitado por Rosa, tiene notables puntos de contacto con aquellas luchas contra el despojo colonial que, como educadora popular, solía reconstruir y convidar en sus clases de formación, trasladando a quienes asistían a ellas a sociedades periféricas del sur global, en las que primaban relaciones comunitarias y no regía la propiedad privada. Silvia Federici nos recuerda que, como respuesta a la expropiación territorial de los españoles, las mujeres de vastos territorios lo que hoy es América Latina, durante los siglos XVI y XVII escaparon a las montañas y reunieron allí a las poblaciones para resistir a los invasores extranjeros, convirtiéndose en “las defensoras más devotas y acérrimas de las antiguas culturas y religiones, basadas en la adoración de los dioses de la naturaleza”.

Rosa Luxemburgo puede ser considerada por lo tanto una de las primeras marxistas que dota de centralidad a la cuestión ecológica y ambiental, en la medida en que hace de la defensa de la totalidad de los seres vivos, así como de la tierra, una bandera fundamental de resistencia frente a la voracidad que el capitalismo impone en su sed de acumulación y constante saqueo. Esta es una faceta poco explorada en Rosa, y cuando lo es, ancla meramente en su simpatía por la botánica, así como por ciertos animales puntuales. Sin duda que un rasgo tan original es de suma relevancia, porque pone en evidencia su profundo amor hacia la vida y su sensibilidad y angustia extrema ante toda injusticia que atente contra ella en cualquier de sus formas, pero por lo general se la desvincula de manera tajante de su proyecto socialista y de su radical humanismo. A contrapelo de estas lecturas, podríamos afirmar que su afición por la naturaleza resulta una arista indisociable de su propuesta anticapitalista, antipatriarcal y anticolonial.

La naturaleza es un verdadero bálsamo para Rosa, quien reconoce en más de una epístola “la profunda afinidad” que la une a ella. Oficia de anticuerpo frente a la burocratización de la vida cotidiana en su trajinar militante tan abnegado, constituye un escudo que evita que sea deglutida por esa racionalización y desencantamiento del mundo propio del fetichismo mercantil, contrarresta a un capitalismo desquiciado que todo lo devora y convierte en puro valor de cambio cuantificable. Por eso, tal como sugiere Isabel Loureiro, “en su contacto con la naturaleza, Rosa restaura las energías perdidas en el combate político”. Recolectar hierba húmeda y fresca, acariciar hasta el cansancio a su gata Mimi, regar las flores de su pequeño jardín u oír los tiernos píos de ruiseñores y petirrojos, renueva sus fuerzas.

En una carta enviada a Hans desde la prisión de Wroclaw, en Polonia, se maravilla de la fabulosa capacidad de orientación y la memoria que tienen las avispas, a las que les prepara un tazón con todo tipo de golosinas. “Las aves muestran una inteligencia igual de misteriosa en sus migraciones, con las que me he familiarizado hace poco. Hänschen, ¡¿sabes que, en sus vuelos otoñales hacia el sur, las grandes aves como las grullas a menudo llevan a sus espaldas una carga completa de aves más pequeñas como alondras, golondrinas, reyezuelos, etcétera?!”, le comenta a su amante. “¡Y los pequeños gorjean con alegría y conversan en sus asientos de ómnibus!… ¿Sabes que en estas migraciones otoñales a menudo sucede que las aves de rapiña (gavilanes, halcones, aguiluchos) hacen el viaje en una sola bandada junto con pequeños pájaros cantores, de los que bajo otras circunstancias normalmente se alimentarían, pero que durante este viaje está vigente una especie de tregua Dei, un armisticio general?”.

A estas hermosas cartas seguramente se le podrían agregar muchas otras, que por estar destinadas a sus amigas —amores más duraderos e intensos, por cierto, basados en la plena confianza y el afecto mutuo— no han sido incluidas en la mencionada edición publicada en Chile. Entre ellas, dos resultan imperecederas y con igual vocación distante del antropocentrismo (es decir, de una concepción propia de la modernidad colonial capitalista, que supone al ser humano, macho, blanco y burgués para más detalles, una especie superior y centro absoluto del universo, con derecho a someter e instrumentalizar a su antojo a los demás seres vivos), que nos reenvían a la perspectiva de totalidad tan defendida por Rosa, aunque en esta ocasión para ampliar la mirada e incluir, dentro de este pluriverso que habitamos, también a los animales y a la naturaleza toda. Ambas misivas son enviadas a la querida Sonia Liebknecht desde la cárcel.

En la primera de ellas, de la que vale la pena reproducir un extenso párrafo, responde a la pregunta de Soniuska acerca de qué lee entre rejas: “Ayer leí un libro sobre la desaparición de los pájaros cantores en Alemania; conforme va extendiéndose y racionalizándose, día tras días, el cultivo de los bosques, de las huertas y de las tierras, les resta las posibilidades naturales de construir sus nidos y buscarse el sustento. En efecto el cultivo racional hace desaparecer poco a poco los árboles carcomidos, las tierras de barbecho, los matorrales, las hojas secas caídas al suelo. ¡Qué pena me dio la lectura de este libro! Y no es que me interese por el canto de los pájaros por el placer que esto produce a los hombres, sino que me apena hasta el punto de humedecérseme los ojos, la sola idea de que desaparezcan así, silenciosa e inevitablemente, estas pequeñas criaturas indefensas. Esto me recuerda un libro ruso del profesor Siebert, que trata de la desaparición de los pieles rojas en la América del Norte, libro que leí viviendo en Zurich. Los pieles rojas, exactamente lo mismo que los pájaros, se ven desahuciados paulatinamente de sus dominios por el hombre civilizado y abocados a una muerte silenciosa y cruel”.

A continuación, Rosa mezcla en la misma carta la fina ironía con una confesión en la que deja traslucir un excelente estado de salud mental y anímico, a pesar de su prolongado encierro: “Pero seguramente que estoy enferma, cuando ahora experimento emociones tan vivas por todo. A veces, ¿sabe usted?, tengo también la sensación de no ser un verdadero ser humano, sino un pájaro, un animalito cualquiera que hubiese tomado forma humana. Interiormente, me siento mucho más en mi medio en un pedacito de jardín, como ahora, o en un campo, tendida sobre la hierba, rodeada de zumbidos, que en un Congreso del partido. A usted puedo decírselo, pues sé que detrás de esto no acechará una traición a la causa. Bien sabe que yo, a pesar de todo, moriré como lo espero en mi puesto: en una lucha callejera o en el presidio. Pero, en mi fuero interno, la verdad es que me siento más cerca de los petirrojos que de los compañeros”.

La otra epístola es aquella que le escribe desde la prisión de Breslau, en vísperas de navidad el 24 de diciembre de 1917. En ella comparte el “agudo dolor” experimentado en el patio de la cárcel ante una situación en la que soldados castigan con animosidad a los búfalos que tiran unos carruajes. Uno de ellos, que sangraba, “dejaba caer su mirada tristemente. Su aspecto y sus grandes ojos, tan dulces, tenían la expresión de uno que hubiera llorado mucho, de un niño que hubiera sido severamente castigado sin saber por qué y que no sabe ya qué hacer para librarse del tormento y de la violencia brutal. Yo estaba frente a la yunta, y el animal herido me miraba; las lágrimas que asomaron a mis ojos eran sus lágrimas. No es posible estremecerse ante el sufrimiento del más querido de los hermanos más dolorosamente de lo que yo me estremecí en mi impotencia ante aquel mudo dolor ¡las vastas y jugosas praderas verdes de Rumania pérdidas para siempre! Allí brillaba el sol, soplaba el viento, cantaban los pájaros de modo muy distinto, y la melodiosa llamada del pastor sonaba a lo lejos. Aquí la horrible calle, el establo asfixiante, el heno mezclado con paja podrida, y, sobre todo, estos feroces hombres desconocidos, y los golpes, la sangre que mana de la abierta herida… ¡Oh, mi pobre búfalo, mi pobrecito y querido hermano! Henos aquí a los dos, a ti y a mí, impotentes y silenciosos, unidos por el dolor, la impotencia y la nostalgia”, se lamenta Rosa en esta carta tan conmovedora.

Diversas intelectuales y activistas contemporáneas emparentadas con el ecofeminismo, han llamado la atención sobre la necesidad de volver a partir de la relación con la naturaleza, en el análisis político y la crítica al sistema patriarcal y capitalista. Vandana Shiva, por ejemplo, ha hecho visible los estrechos vínculos entre la opresión del patriarcado, la violencia hacia las mujeres y la destrucción constante de la naturaleza en nombre del “progreso”, al tiempo que Silvia Federici considera que “hoy en día, con la perspectiva de un nuevo proceso de acumulación primitiva, la mujer supone la fuerza de oposición principal en el proceso de mercantilización total de la naturaleza”. Por su parte, María Rosa Dalla Costa ha sugerido que es imprescindible construir una propuesta política teniendo como columna vertebral “el respeto por los equilibrios fundamentales de la naturaleza, de la voluntad de conservar ante todo los poderes autogeneradores/reproductores, del respeto y del amor por todos los seres vivos”.

Resulta indudable la conexión de estos planteos con los precursores —y por ello mismo, por lo general incomprendidos— esbozados por Rosa Luxemburgo. En un escrito titulado “Navidad en el asilo de la noche”, publicado en los albores de la primera guerra mundial, da cuenta de la muerte de decenas de personas marginadas, producto de un bacilo desconocido o bien de un probable envenenamiento masivo en vísperas de la noche buena en Berlín. Con una prosa inigualable, Rosa desmenuza las causas más profundas de un hecho tan horroroso, y concluye que el verdadero virus que engendra este tipo de flagelos no es otro que la sociedad capitalista.

Más allá del tiempo transcurrido, el enemigo invisible parece seguir siendo el mismo, aunque con ropajes más sofisticados y destructivos. La proliferación de los desmontes, la desarticulación de hábitats de cientos de especies silvestres, la alteración sustancial del clima y la imposición global de los agronegocios, con las megafactorías y cría industrial de animales en las que millones de seres vivos son producidos como mercancía en un contexto de hacinamiento, uso indiscriminado de antibióticos y sufrimiento extremo, tiene como contracara necesaria no solo una evidente debacle socioambiental de dimensiones geológicas, sino la multiplicación de zoonosis, enfermedades y numerosas cepas patógenas que se irradian a escala planetaria, tal como ha ocurrido con el Covid-19.

Releer la correspondencia de Rosa Luxemburgo en plena crisis civilizatoria y a pasitos nomás del abismo, constituye un ejercicio imprescindible para continuar pensando, en palabras de Diamela Eltit, los trazos inagotables entre cuerpo, historia y tiempo. Y a la vez, para sin desestimar aquellas “imágenes del infierno” que de acuerdo a la revolucionaria polaca se palpan a diario, no dejar de apostar por un optimismo de la voluntad acorde a los desafíos que nos deparan estos instantes de peligro, donde “atreverse a admirar el mundo y apreciar su belleza” es más urgente que nunca, y la “embriaguez de las ganas de vivir” se torna el mejor —y acaso el único— de los anticuerpos posible.

Publicado originalmente en Lanza y Letras