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Es más peligroso un pibe que piensa que un pibe que roba. Damián Virginilo, el poeta del obrero

9 enero, 2018

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Daniel Ramonell

Es más peligroso un pibe que piensa que un pibe que roba. Damián Virginilo, el poeta del obrero


Hace calor en la ciudad. Damián nos espera en el Barrio Obrero, allá por la calle Yapeyú al fondo. Nos espera junto a su pareja, Johana con unos mates y un pan casero que acaba de comprar que durante todo el encuentro se olvidó de cortar.

Hace calor. Y la luz se corta, pero es tan intensa, tan atrapadora la historia de vida de Damián que sólo lo escuchamos.


Contanos Damián, ¿cómo llega la poesía a tu vida?

La poesía llega cuando estaba adentro de la cárcel cumpliendo una condena por robo calificado, una condena de diez años de la cual tenía que hacer seis años y ocho meses con el beneficio de la condicional. Estando ahí los primeros tres años no participaba mucho en el espacio del colegio ni tampoco había muchos talleres como ahora, yo estuve del 2008 hasta abril del 2015 detenido. Comienzo a estudiar, a leer libros y la poesía llegó por medio de una Profesora Natalia Issacson que me da un libro de un chico con una historia similar a la mía que era poeta es César González.

Y es en el 2010 que empiezo el Secundario, me acuerdo había que escribir un trabajo y a la Profe le gustó y me acercó este libro que se llama La venganza del cordero atado; que tiene como seudónimo Camilo Blajaquis. Lo que me atrapó de ese libro fue que decía que es más peligroso un pibe que piensa que un pibe que roba, y eso me hizo ruido adentro…leí diez veces ese libro, fue le mejor regalo que me hicieron.

¿Qué tratás de mostrar en tu poesía, cuál es tu musa inspiradora?

Lo que nos lleva a estar ahí, a través de lo que empecé a leer me llevó a mirar de costado, en mi celda éramos seis y éramos cinco del Alberdi, en el Pabellón éramos noventa y éramos sesenta del Alberdi, y después eran 20 de Banda Norte y diez repartidos de afuera y otros barrios…y eso me empezó a llamar la atención porque yo decía que pasa con el Alberdi estamos todos acá!!!.

Eso no era una casualidad sino un problema social y cultural, también empecé a ver cuando recuperé mi libertad en 2015 y trabajaba en la cocina de la cárcel miraba los pabellones llenos de pibes de 18 a 21 años, la mayoría no tiene el primario terminado o no sabe leer ni escribir, y como que me empecé a dar cuenta de todas esas cosas y empecé a saber que tenía derechos. Supe que existía un código penal, que eran los derechos, que era el arte, pensaba que era como para otra clase nomás y no para todos.

Todo eso me inspiró a escribir, cosas que iban ocurriendo las transformaba con otras palabras, tengo poemas que he escrito de alguna pelea he visto peleas de 20 contra 20 y la Policía entrando a los tiros en el Pabellón con balas de goma, peleas por el territorio, por ver quien maneja la droga, y por autoridad dentro de la cárcel. Empecé a escribir sobre todas esas cosas y también escribía pensando en el barrio y en mis amigos, Emiliano Martínez un amigo mío desde los 13 años en ese tiempo nos drogábamos juntos y caímos en la cárcel juntos y nos volvimos a encontrar…recuerdo que cuando comencé a escribir a la noche (para que no me gasten los hombres en el Pabellón) lo compartía con él porque sabía que no me iba a cargar y el ahí se contagió.

Emiliano recupera la libertad dos años y medio antes que yo y lo matan de un tiro en la puerta de su casa. Cuando recuperé la libertad me contacté con la madre y le pregunté por sus poemas que algunos se publicarán en mi libro, el tuvo dos hijas y para que no le digan que su papá fue un choro, un drogadicto sino también que escribía muy bien.

El saber te lleva a conocer tus derechos, pude leer cuando llegó la biblioteca porque en el primer tiempo llegaban de contrabando. Una vez estuve en celda de castigo y tenía un libro del Che Guevara y los celadores me decían que me hacía el revolucionario, queriéndote hacer creer que vos naciste para eso y que por más que estés afuera vos vas a seguir siendo eso.

¿Cómo fue la vida preso?

Siempre la gente me pregunta que sentí cuando salí en libertad y yo siempre digo que mi libertad fue desde el momento que comencé a pensar. Esa fue mi libertad absoluta, ya estando adentro yo ya me sentía libre…cuando me dejaron salir afuera lo sentí como un día más.

¿Cuándo fue que hiciste ese click, estando adentro que dijiste mierda empecé a pensar, puedo tener otro destino que no es el que me están marcando que tengo que seguir?

Cuando comencé a estudiar y a leer a los dos años de que estaba detenido, fue cuando empecé el secundario y a medida de que iba dejando mi consumo de un montón de cosas que dejé a voluntad. Porque yo consumí desde los 11 hasta los 22 años.

Damián antes de estar preso le tenía mucho odio a la Policía. “Estaba esperando a mi mamá en una garita acá en el barrio que llegaba de trabajar en colectivo, mi primer detención fue por esto les resulté sospechoso y cayó un móvil me preguntaron que hacía ahí y no me creyeron así que me cargaron, me llevaron y en la Comisaria del Alberdi me empezaron a pegar”, dice Damián contando que su mamá denunció a la Policía y ahí comenzó una secuencia de persecución policial que desencadenaron muchas cosas en su vida por el hostigamiento de las fuerzas “de seguridad”.

Entre eso y el consumo, el abandono del colegio y la situación familiar de su padre alcohólico que solía golpear a su mamá, fue que comenzó a robar “una bici, un stereo…con eso consumía o le daba plata a mi mamá y así ya me metí en una bandita que tenía problemas con otra. Luego manejé un arma a los 14 años me pegaron un tiro, a los 15 años ya tenía dos armas llevaba una vida muy acelerada”, relata Damián mientras la luz sigue sin volver.

¿Y tu vieja que decía a todo esto?

Somos cuatro hermanos, yo soy el segundo. Mi hermano más grande y la más chica trabajan, han hecho deportes pero con mi hermano Abel estábamos los dos en el consumo y en la banda, él me seguía a mi y hasta el día de hoy aún tiene problemas con el consumo y hace poco ha estado en coma por tomar pastillas. A mi la poesía me salvó de todo eso, de un montón de cosas, del rencor y el odio que sentía transformé todo eso…dejar las drogas también me sirvió mucho, en el período de abstinencia me ponía a escribir convencido de que alguien me iba a leer.

Paralelo a eso fui delegado del aula, del colegio, de la biblioteca, yo sacaba libros y repartía celda por celda. Eso que me pasaba a mi quería que otros también lo vieran y lo sintieran, porque cuando salís es con una mano atrás y otra adelante por el trabajo en negro de ahí adentro. Pero la educación y el conocimiento me dieron poder peor no con violencia, no sé si han visto algunos con los brazos cortados lo hacen para reclamar por algo pero como no sabe leer ni escribir la mayoría, no saben que hay una ley en el código penal que nos puede ayudar en el reclamo que estén haciendo, entonces se cortan o se cosen la boca, los ojos, esa es una forma de pedir algún derecho entonces yo les hacía los escritos, los habeas corpus y ya después el Director reconocía mi letra y me presentaba para reclamar y pedir algunas cosas como calefacción en el refugio de los familiares que van a las visitas o para hacer una rampa que no hay.

Mi familia iba poco a visitarme porque yo le decía a mi mamá que estaba bien, la llamaba día por medio.

¿Y la cárcel que te dejó además de la poesía?

Me dejó un montón de cosas, lo que hago ahora día a día con los chicos del barrio. Con adolescentes parte de una banda que tienen 15, 16 años como alguna vez los tuve yo, entonces cuando hablo con ellos les cuento mi experiencia de vida y ellos me escuchan. Con los más niños también con Johana hemos dado la merienda acá en casa…trabajamos sobre los derechos, los más chicos se prenden más, por ejemplo un trabajo sobre que nos gustaba del barrio, que no nos gustaba y que nos gustaría ser.

Chicos de 6 a 14 años ponían que no les gustan las drogas, los tiros o que los vecinos peleen…solamente eso ponían y chicos de 8 años no pueden estar pensando en los tiros y en las drogas, y me hacía acordar de un poema que escribí que dice que acá en el Obrero los chicos primero aprenden a ser hombres o las mujeres a ser mamás.

¿Y con Johana como se conocen?

En la Parroquia Cristo Obrero, ella daba apoyo escolar. Yo en ese tiempo estudiaba Trabajo Social en la Universidad pero no pude terminar y tenía que trabajar, aunque fui el primer interno en cobrar por mi trabajo en blanco.

Una vez el Director me trasladó a las cuatro de la mañana porque decía que yo incentivaba a la población. Yo ya había hecho un proyecto de pintar murales en los patios de la cárcel, porque ahí adentro son siempre los mismos colores, quería escribir las paredes pero al Director le convenía tener más ignorantes. Me llevaron desde acá a San Francisco, yo había empezado a estudiar Filosofía, pedí varias veces volver acá y a la vez estaba trabajando y participé allá también en la biblioteca. Me vuelven a Río Cuarto porque elevé 25 pedidos de internos de San Francisco a la Justicia para que sean blanqueados por sus trabajos.

“Cuando salí en libertad me esperaban mis hermanos y un amigo. Caminamos de Tribunales hasta el barrio Alberdi (más de 70 cuadras seguramente) porque siempre caminaba corto, quería caminar y comer ravioles con pollo. Hoy estoy terminando un libro que la Editorial Unirío me va a publicar, me ha llevado a ir a colegios a contar mi experiencia, a la Universidad, y bueno si quieren les leo un cuento o uno de mis poemas”.

La tarde se apaga, Damián sigue cebando mates y no corta el pan casero. Se olvida. Hace calor. La luz no volvió. Pero saber que uno, aunque sea uno zafó, prende, ilumina, da esperanzas de que no nos han vencido.

Soñar que vuelo, es hermoso
Estar despierto y ver es temeroso
Hablo por teléfono y mi mamá me pide una palabra de aliento,
Creo que el otro mundo está peor.
Ya me duele el alma de tanto escribir, quiero salir de aquí como una estrella fugaz.
Estoy condenado a ser amante de la soledad, y reinar en el aire.
Escribo, no sé que escribo. Me siento libre para hacerlo.
Mi corazón se recuesta sobre esta lágrima,
No sé, yo no entiendo, lo dejo a su criterio.

Damián Virginilo