América Latina

Un «mal procedimiento»

11 septiembre, 2020

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Javier Jiménez / colombiainforma.info

Un «mal procedimiento»

“No más, por favor”, fueron las palabras que dijo Javier Ordóñez mientras dos policías lo asesinaban en la madrugada del miércoles 9 de septiembre. A raíz de este hecho, varias ciudades del país convocaron movilizaciones y protestas que, en Bogotá, finalizaron con al menos siete personas asesinadas también por la policía. Aquí una reseña de los hechos que conmueven a Colombia.


Escribo estas líneas entre la bronca, el desconcierto y la esperanza. «Un mal procedimiento» titularon los diarios colombianos al asesinato del abogado bogotano Javier Ordoñez a manos de dos policías. Llamaron «muerte» al asesinato, de la misma manera como reprodujeron los eufemismos del gobierno: «asesinatos colectivos» para las masacres y «emprendedores del campo» para los campesinos. Sin desparpajo, ni una pizca de vergüenza. Banalidad del mal. Tanatomanía.

Javier Ordoñez fue reducido por dos policías, golpeado en la cabeza y sometido a once descargas eléctricas de un «taser», un arma no letal que en manos de la policía colombiana se convierte en arsenal de guerra. Un arma recomendada no hace mucho por Francisco Santos, exvicepresidente de Álvaro Uribe Vélez y hoy embajador en los Estados Unidos.

La reacción popular comenzó con protestas, silbatos y pancartas, y terminó incendiando comisarías (CAI: Comandos de Atención Inmediata) y motocicletas policiales en Bogotá. Hasta el momento, han dejado al menos cuatro muertes, y decenas de heridas y detenciones. Mañana, los medios masivos de comunicación titularán «vandalismo» y los áulicos del poder hegemónico del capital saldrán a dar sus clases de buena conducta y el abecé de las formas correctas de protestar. Pero la protesta no es un simulacro, ni un acto social. 

A las posiciones «equilibradas» y «neutrales», que se horrorizan por las protestas fuera de cauce les conviene enterarse que la gente tiene el agua al cuello. También les conviene leer a Bertold Brecht: «Al río que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprime».

Fue por Javier, pero también por las víctimas de las 51 masacres de este año y por las millones de víctimas de la violencia estructural, condenadas al hambre y al abandono estatal mientras el gobierno salva banqueros y empresas multinacionales. La reacción fue el grito contenido por la impotencia ante la impunidad que se cierne sobre el caso judicial de Álvaro Uribe Vélez y el camino totalitario que ha comenzado a transitar el actual gobierno. 

El pueblo colombiano aguanta y se rebusca. Pero no es pendejo. Esto me hizo acordar de Orlando Fals Borda quien reconstruyó el ethos del hombre/mujer-hicotea en el tercer volumen de la Historia doble de la costa (pp. 27A-28A). Allí dice un pescador de Jegua:

«Fíjate que aguantar no es sufrir. Aquí donde me ves, no me siento amargado ni quejoso. Somos todavía capaces de reír, de gozar, de tirar, de pelear a puños, de responderle a los ricos. (…) El aguante no nos acaba, pues es parte de la vida, lo llevamos en el cuerpo. (…) Como las hicoteas. (…) Pero las hicoteas también se pueden volver otras cosas. (…) Recuerda que las hicoteas también arañan y muerden, y que cuando agarran con sus quijadas no sueltan por nada». Y Fals Borda concluye: «Es verdad, y por fortuna el aguante y el rebusque tienen sus límites».