La familia del agua
La serie “Pueblos del agua” cuenta 5 historias de agua dulce, algunas de los millones que existen, para pensar en todo lo que posibilita la existencia de un río y en todo lo que peligra cuando es amenazado. El río es un espacio de sobrevivencia, disfrute, circulación, de conexión emocional y espiritual. Un espacio público, un lugar sin dueños, el río es común, es donde sucede la vida compartida.
La familia del agua
Rafael y Mónica viven en el balneario Lago Merín, a una cuadra de la playa. Tienen tres hijos y se dedican a la pesca artesanal con red. El balneario está ubicado en el departamento de Cerro Largo, a orillas de la Laguna Merín [1]. Viven a 5 horas de ruta y 40 minutos navegando desde el lugar dónde pescan. Salen con su embarcación del puerto de Río Branco y trabajan en zona J, una de las 13 zonas habilitadas para pesca artesanal en Uruguay.
Él pesca y ella filetea, sus hijos estudian. Rafael dice que no tienen futuro en la pesca artesanal, que las cosas están cada vez más difíciles y que es un trabajo pesado; también “recién hoy estamos pagando monotributo”, esto significa que jubilarse de pescador no es una opción. Además, la expectativa de vida de un pescador es de no más de 60 años porque literalmente “aguantamos todas las temporadas en el lomo”.
Mónica forma parte del Colectivo de Mujeres de la Pesca Artesanal de la Laguna Merín, una iniciativa cooperativa para mejorar sus condiciones laborales y fortalecer la actividad con perspectiva de género. Porque las mujeres siempre estuvieron, también en nuestros ríos.
Rafael estuvo “la vida entera en el agua” y no quiere mantenerse lejos de ella ni un segundo. Nació muy cerca del río Cebollatí y a los 7 años se mudó con su familia a orillas del río Tacuarí. Aunque probó con otros trabajos, en sus palabras, “lo poquito que tengo me lo dio el agua”.
“Yo fui a Montevideo con el sueño americano, y volví sin nada, lo que ganaba lo perdía ahí mismo, volví al río con una mano atrás y otra adelante, agarré una chapa vieja de un techo de zinc, me hice un bote y me fui a pescar”, cuenta.
Mónica entró en el mundo de la pesca cuando se casó con Rafael, hace 25 años. Ella se crió en arroceras porque su familia trabajaba en el rubro, vivió en varias. Pero a Mónica no le gustan las arroceras [2], “mi padre nunca progresó en la arrocera”, agradece estar vinculada al agua: “me gusta estar distante de todo, siempre me gustó estar lejos, cuantimás en el monte, mejor”.
Las memorias de Rafael sobre el agua son muy distintas a la realidad actual; “las tierras ya no son uruguayas, son extranjeras”. Cuando Rafael inició en la pesca se podía acampar en algún que otro campo, los dueños de las tierras se lo permitían e incluso compartían la comida y el momento. Ahora, según cuenta, “no podemos tocar tierra, solo podemos estar embarcados (…) no hay un centímetro para acampar porque pisás arroz, soja o el ganado sale disparando”.

Todo sobre la laguna
Rafael y Mónica saben sobre el río lo que solo una familia del agua puede saber, “quien vive de esto sabe todo del agua, si la observás, también sabés cuándo el agua se está muriendo, cómo le está pasando a nuestra laguna, y te da una tristeza…”
Saben mejor que nadie que los peces se reproducen en los esteros, bañados y humedales, allí donde ahora plantan arroz y soja, allí dónde tiran agrotóxicos. Cuando Rafael tenía 18 años, la caza de nutria era otra de las formas de supervivencia por la venta de piel, “en un buen día cazábamos 30, ahora quiero cazar una nutria para comer y no hay”.
El agua de la laguna es dulce y según la estación del año es lo que se pesca. “Antes éramos como 50 pescadores artesanales, hoy somos 8 o 10 del puerto dónde yo salgo, los pescadores se han ido del agua, los hijos de los pescadores también, nuestros hijos”. Y es que, según Rafael, cada vez cuesta más que habiliten administrativamente una embarcación, los impuestos son altos y la venta no es buena.
Con frío o con calor, con sol o con lluvia se sale a pescar, “pero si hay mucho viento no, porque te arriesgas”. “Si baja el río no nos da pesca, si crece demasiado tampoco, se expande mucho el pescado y tenés que correr más lejos para encontrarlo”.
El mundo de Rafael es el agua, “yo digo que vengo de visita, yo vivo en el agua, en el barco, y vengo a tierra a visitarlos”. Cuando la familia creció, las cosas empezaron a cambiar. Así lo cuenta Mónica: “a medida que vinieron los niños, él se fue arrimando más a la casa, antes del primero, pasaba 20 o 25 días en el agua, cuando tuve la segunda, la del medio, ya eran 8 a 10 días, ahora vuelve cuando quiere”, y Rafael agrega, “ahora me embarco de lunes a viernes para disfrutar a mis gurises que están en casa los fines de semana”.
A veces Rafael piensa en salir del agua, dice que se siente esclavo, la rutina es dura y poner el cuerpo cada temporada no es nada fácil, pero hay algo más grande que lo llama; “sin el agua creo que no puedo vivir, sin embarcarme no voy a vivir, tuve otras ofertas laborales, pero no puedo salir del agua, me tiene prisionero”.
Su conexión con el agua no es solo cuando está dentro de ella, “la ventana del baño de mi casa es de un metro por un metro, yo me levanto y miro por esa ventana a ver si el agua está en el lugar, si no hago eso siento que me falta algo, necesito primero mirar por la ventana a ver si está la laguna”. Lo mismo le sucede cuando visita a su hermana en Montevideo, lo primero que hace es ir a mirar el Río de la Plata, “sufro de ansiedad si no veo el agua, me falta algo, yo me siento seguro si estoy navegando, en tierra no tanto”.
Sentir el agua
Rafael y su familia han intentado, sin éxito, tener una embarcación turística. “Yo quería mostrar lo que tenemos, la laguna, las islas, las cosas que hay en el fondo del agua, hay cosas lindas para mostrar, para dar conciencia y que se cuide un poco más”. También presentaron un proyecto de un muelle, pero hay muchos intereses[3] en esa zona, políticos y económicos, que según Rafael hacen que el proyecto no prospere.
A Rafael lo conmueve profundamente la injusticia, “yo todo lo que veo mal, lo denuncio”, le indignan las fumigaciones de plantaciones a orillas de la laguna, “matan al pescado, pero también a nosotros, matan al pueblo, estamos matando el planeta”. Por eso, siempre está activo, conversando con estudiantes e investigadores de la universidad, hablando con vecinos y vecinas, y por eso integra la asamblea Hue Mirī [4]
También sabe mejor que nadie que las personas se rebuscan la vida como pueden, “yo a veces soy un poco grueso y cortante, pero no tengo nada contra los arroceros, o sea contra la persona, a mí me molesta el veneno[5], cada uno gana el dinero como puede (…) el agua es para todos, no es para mí”.
Quienes viven en el agua son sus defensores, son quienes la cuidan día a día o, mejor dicho, noche y día. “Yo no soy dueño del agua, pero mientras yo respire voy a hacer lo que pueda para defenderla, voy a estar cada vez que me llamen, yo no tengo pelos en la lengua, aunque no sé pronunciar y no hable bien, me hago entender”.
El agua da, pero como dicen, también quita, “cuando empezamos éramos como diez compañeros de la misma edad, los que contamos la historia somos yo y mi hermano, al resto el agua se los llevó, éramos audaces y todavía no entendíamos a la Merín”. En sus palabras la Laguna Merín “es más furiosa” que el océano. Para la familia, el agua es también un espacio de memoria: “siempre los tenemos presentes, y contamos historias de cuando estaban. Eran nuestros colegas y amigos, cuando no daba para todos, dividíamos el pescado”.
“Un mundo sin agua sería el fin, pensamos que el dinero es más que el resto, y el dinero no es todo, el agua es todo, sin el agua no vivimos, no somos nada sin el agua, yo soy un agradecido del agua y no me gustaría mañana estar lejos de ella”. Mónica en cambio dice no ser tan fanática del agua como Rafael, sin embargo, de forma divertida, pero no por eso en broma, dice: “si tenemos un día la posibilidad de vender la casa y comprar un catamarán grande, me iría a vivir en el medio del agua”.
Si hay algo que sabe la familia del agua es sobre la vida, así lo expresa Rafael; “el río es mi fuente de vida, siempre soy muy agradecido, cada mañana que me levanto agradezco por estar allí”.
[1]La Laguna Merín es el mayor espejo de agua del Uruguay, ubicada al este del país. A ella llegan 5 ríos; Tacuarí, Cebollatí, Yaguarón, Olimar Grande y San Luis. Es una de las 3 cuencas hidrográficas de Uruguay, las otras dos son el Río Uruguay y el Río de la Plata con su frente marítimo. Todas son transfronterizas, es decir, se comparten con países vecinos; en el caso de la Merín, con Brasil, específicamente con el Estado de Rio Grande del Sur. Además de estar rodeada de pradera y bosque ribereño, sus costas se caracterizan por sus extensos humedales, ecosistemas de gran importancia por la diversidad de flora y fauna que presentan, además de que constituyen hábitats de especies de fauna migratoria y en riesgo de extinción. La laguna está rodeada de sierras y colinas, llanuras y planicies. En la cuenca de la Laguna Merín existen varias áreas protegidas, como la Quebrada de los Cuervos y Paso Centurión.
[2]La región este de Uruguay, formada por los departamentos de Cerro Largo, Treinta y Tres, Rocha y Lavalleja, reúne más de la mitad de las tierras con plantaciones de arroz. En la última encuesta arrocera realizada por el Ministerio de Ganadería Agricultura y Pesca (2020-2021) constan 101.349 hectáreas de arroz plantado solo en el este del país, o sea, que utilizan la cuenca de la Laguna Merín. El arroz puede llegar a utilizar más de 40 tipos diferentes de pesticidas, fungicidas y herbicidas. La mayoría de estos contienen sustancias químicas tóxicas que pueden ser peligrosas para el consumo humano, conocidas como agrotóxicos, incluido uno de los más renombrados por sus efectos nocivos sobre la salud humana y la vida en general: el glifosato. Otro dato fundamental es que el 95% de la producción de arroz en Uruguay se exporta.
[3] El proyecto de hidrovía que busca conectar la laguna Merín (Uy) con la laguna de los Patos (Br) es de 800 km de largo y con un dragado previsto de 9 metros. El proyecto no es nuevo, hace muchos años se discute y apunta al transporte fluvial de cargas, principalmente de commodities vinculadas al agronegocio. Implica además de las obras de dragado, balizamiento y construcción de terminales portuarias en ambos países. Un informe de la CEPAL anuncia que “el incremento de la superficie productiva podría expandirse un 274% hacia 2030, desde 350.000 hectáreas hasta 960.000”, en caso de que concretarse el proyecto. En julio del 2026, se solicitó la recategorización de suelos para instalar un puerto a orillas del Rio Cebollatí, como parte del proyecto Hidrovía. Organizaciones socioambientales denuncian que se proyecta sobre una zona de humedales, protegida por decreto.
[4] La Asamblea Hue Mirī en Defensa de La Cuenca de la Laguna Merín es un colectivo social integrado por habitantes de toda la cuenca, tanto del lado uruguayo como brasilero. Se formó a finales del año 2023 con el objetivo de promover el acceso a la información, la participación social y la discusión pública entorno a la situación ambiental actual y los proyectos asociados a la hidrovía binacional Uruguay-Brasil. También realizan actividades de recorridas y reconocimiento del territorio. En su nombre está la memoria de los pueblos que habitaron originalmente estas tierras. “Hue” es como se nombra el agua en lengua charrúa, y “Mirī”, nombre original de la laguna en guaraní, significa tanto «pequeño/a» como «sagrado/a».
[5] El informe Problemáticas socio-ambientales en el territorio hidrosocial de la laguna Merín: aportes desde la interdisciplina, realizado por investigadores e investigadoras del Centro Universitario Regional del Este de la Universidad de la República, constata más de 90 sustancias de origen agropecuario en las aguas de la laguna Merín, entre ellas 20 fungicidas, 20 herbicidas y 40 insecticidas. Este informe menciona también que casi la totalidad del agua en la cuenca -98,5%- es usada para riego. Al arroz que tuvo su “boom” en la década del 90 y no paró de crecer hasta el día de hoy, se le sumó la soja en los años 2000. El informe subraya también el despojo de la memoria y la ruptura de relaciones comunitarias que el agronegocio o “agroextractivismo” impone en la región.


























