¿Qué está pasando en Bolivia? Algunos criterios adicionales
Anoche tuve una breve conversación, vía chat, con un amigo querido, Sergio M., con quien compartimos algunos criterios que me parecen importantes y que los voy a compartir acá. La idea de este texto es, sobre todo, proponer algunos elementos adicionales para entender lo que está pasando ahora. No es mi intención proponer “el” análisis alternativo y definitivo. De hecho, me ha costado mucho asumir una posición tajante sobre lo que sucede, y mucho más escribir algo al respecto, porque me parece que hay varios elementos en juego que están siendo pasados por alto.
Un ciclo que comienza
Nuestra conversación inició con la pregunta que, seguramente, muchos nos hacemos en privado ¿Cómo ves la situación? Y, la respuesta que me dio fue clave: ahora lo que está en juego es el inicio de un nuevo ciclo en la política boliviana. Uno en el que el gobierno civil, es decir, la sociedad política, ya no tenga que o se sienta obligado a gobernar de la mano de la sociedad civil organizada o, por lo menos, de los sectores de ésta que tienen organizaciones más solidificadas. Si bien su posición fue un poco más tajante, “este nuevo ciclo ‘tiene’ que comenzar”, yo pienso que su desarrollo es inevitable.
Ya antes, Bolivia ingresó en un ciclo similar. Durante el periodo 1985-2005. Fueron 20 años en que los gobiernos civiles, si bien no ignoraban a las organizaciones sociales, no se sentían en la obligación de incluirlas en la toma de decisiones. Por esta razón, las lecturas desde la izquierda sobre este periodo señalaban, acertadamente, que no fue un periodo democrático, porque la escucha activa a los sectores sociales se terminaba con el conteo de votos. En cambio, los análisis de derecha celebraban los arreglos a puerta cerrada entre partidos como un ejemplo de gobernabilidad y acuerdos democráticos. Ahora, nuevamente, estamos ante la disyuntiva sobre cuál es la posición más democrática.
Uno de los cambios más importantes con relación a ese periodo es que, en 40 años, la configuración socioeconómica y territorial de Bolivia se modificó significativamente. Esto tuvo que ver, entre otras cosas, con los problemas estructurales que no fueron abordados durante el ciclo de “izquierda progre” (2005-2025). Esto es algo sobre lo que he insistido bastante, desde hace varios años. Las políticas de “izquierda”, sobre todo, la inclusión de la sociedad civil en la toma de decisión y la redistribución del excedente, durante los gobiernos del MAS, fueron sobre todo estéticas y, hay que decirlo, prebendales. No hay que olvidar que el aparente “cogobierno” con las organizaciones sociales consistió, ampliamente, en neutralizar las críticas a las políticas gubernamentales que surgían desde la sociedad civil, a partir de intervenir, fragmentar y cooptar a las organizaciones.
Por otro lado, y sobre esto también he insistido mucho, no se resolvió el problema estructural de la dependencia de la economía boliviana en las exportaciones de bienes primarios. De hecho, si algo sucedió durante el ciclo del masismo fue la profundización de esta característica histórica y perniciosa. Asimismo, como parte de la estrategia de lograr acuerdos con sectores económicos poderosos, para asegurar una correcta gobernabilidad, el gobierno les otorgó varias prerrogativas que, hasta el momento actual, son un peso inmenso para el país. Me refiero, en particular, al agronegocio oriental, a la minería de pequeña y mediana escala, al comercio informal y, sin lugar a duda, a la economía subterránea de sustancias controladas.
En todos estos sectores económicos, una parte importante, cuando no la totalidad, de las operaciones ocurre “en las sombras del Estado”. Los estudios serios sobre la informalidad entienden que ésta se desarrolla en los vacíos que fueron -deliberadamente- dejados por el Estado y el mercado. En este marco, es un error garrafal olvidar que esta expansión de economías informales altamente lucrativas fue uno de los grandes pecados del masismo. No fue un descuido, fue una concesión deliberada. Nuevamente, porque su política de izquierda fue sobre todo estética. Entonces, la gran diferencia entre el ciclo 1985-2005 y el ciclo que recién comienza, es que una parte importante de la población trabajadora se articuló a estas economías regionales y profundamente afines al principio del “laissez-faire”.
¿Bukelización del electorado y mileización de los trabajadores?
Dicho esto, un aspecto de la crisis que atraviesa el país y con el que me cuesta conciliar, son ciertas lecturas desde las izquierdas sobre lo que sucede. Por la manera en cómo se presenta y representa a las movilizaciones en medios alternativos y de izquierda, pareciera que Bolivia ha encontrado el antídoto al avance regional de la derecha fundamentalista del mercado. Esa receta es el viejo corporativismo sindical. Pero ¿es esto, realmente, cierto o es que estamos ante una de las últimas cruzadas de esta vieja característica de la sociedad y la política bolivianas? Me parece difícil responder de manera concluyente, pero no cabe duda de que la fuerza política que se pensaba que tenía este corporativismo ya no es la de antes.
En ese marco, debo confesar que me cuesta coincidir plenamente con aquellos análisis que hablan de “insurrección” o “rebelión” como expresión de la “vigencia de lo nacional-popular en Bolivia”. Esto no quiere decir que no me parezcan elementos válidos, sino que me pregunto si realmente corresponde recuperar un marco conceptual y de análisis que, probablemente, ya se ha vuelto insuficiente. Considerando lo anterior y sin ánimos de antagonizar, me parece que algunas lecturas sobre la situación están estancadas en lugares comunes: los indianistas continúan enfatizando en el clivaje racial y la representación política como las principales contradicciones; y cierta izquierda ortodoxa sigue repitiendo mantras sobre el obrerismo y el sindicalismo que parecen condenarla al sectarismo.
El año 2018, publiqué dos ensayos de análisis en Zur. En el primer ensayo propuse una reflexión sobre las contradicciones de la izquierda regional que derivaron en el primer giro conservador (Macri, Piñera y Lenin Moreno) que interrumpió el curso histórico de la “marea rosa”. En el texto, proponía entender este giro a partir de tres dimensiones: 1.- la configuración económica de los países de la región, caracterizada por un predominio de economías de exportación y una tendencia al auge de la informalidad; 2.- la fijación de las izquierdas con debates excesivamente culturalistas, que dejaban de lado las condiciones materiales; 3.- el avance del cristianismo evangélico en Latinoamérica y de las ideas políticas reaccionarias entre las clases subalternas.
La tercera dimensión puede parecer una hipótesis demasiado weberiana pero, leída y analizada en conjunto con las otras dos, en realidad, se apega a un análisis gramsciano de la situación: evitar los excesos, tanto del economicismo, como del culturalismo. En este marco, ¿cómo se vinculan estas dimensiones con el momento crítico que atraviesa el país ahora? Primero, los gobiernos progresistas no lograron cumplir sus promesas en términos de asegurar un bienestar y una estabilidad económica duraderas para las clases subalternas. Segundo, se agotó el patrón de acumulación dependiente, lo que derivó en la crisis económica que, en los últimos meses, escaló hacia la crisis política y social actual. Este agotamiento inició hace, por lo menos, un quinquenio. Tercero, el auge de la informalidad debe ser leído de la mano de una sustitución progresiva de la ética colectiva católica por el individualismo protestante, en varios sectores de la población.
Nuevamente, sobre el último punto, no me parece que sea una cuestión menor. Para entender su importancia es imperativo dejar de mirar, obsesivamente, a los sectores movilizados en los bloqueos y prestar atención a “todos los demás”. Más allá del “corporativismo revolucionario” se encuentran amplios sectores de la población trabajadora cuya actividad se desenvuelve en la informalidad, el cuentapropismo y el pequeño emprendedurismo precarios, cuando no participan en alguna de las economías informales o semi-informales señaladas previamente. En este marco, dos aspectos que no pueden ser pasados por alto ni subestimados, en palabras de mi amigo, son: la “bukelización” de una parte significativa del electorado; y la “mileización” de una porción no menospreciable de las clases subalternas.
Entre 2021 y 2022, junto a otro amigo realizamos una investigación sobre los trabajadores de reparto o delivery. Entre los varios hallazgos que realizamos me parece importante destacar los siguientes: 1.- la gran mayoría provenía del sector formal, pero decidieron abandonarlo por la simple posibilidad de “hacer más plata”; 2.- asimismo, la gran mayoría había cursado y/o terminado estudios superiores o técnicos, pero ese esfuerzo no se tradujo en mayores oportunidades laborales; 3.- casi todos estaban de acuerdo con la noción de “ser sus propios jefes”, con rechazar las prestaciones sociales (seguro de salud y jubilación) por ser “cosas de comunistas”, y con la noción jacksoniana de que “el que más trabaja debe ser el que más gana”. Es decir, un sentido común que legitima la desigualdad.
En varios de los trabajos de campo que he realizado, examinando etnográficamente distintos ámbitos de trabajo, tanto en el área rural como urbana, me he encontrado con nociones similares. En este marco, en el conflicto actual, existe una comprensión popular que no es menospreciable y que contiene sentidos comunes ampliamente reaccionarios: “hay que meter bala a los bloqueadores”; “los bloqueadores están pagados y atentan contra la gente que de verdad quiere trabajar”; “son unos salvajes incivilizados, el país no los necesita”, entre otras nociones que son desastrosas, pero que expresan una estructura del sentir bastante extendida y que no se puede subestimar.
Leer críticamente la situación, abandonar los lugares comunes
Por lo tanto, limitarse a señalar que “esto o aquello es racista” y que las personas que repiten estas consignas son “señoritos jailones o sujetos confundidos que odian al indio que llevan dentro”; o bien, descalificar a una porción significativa de las clases subalternas, cuyas vidas y trabajos están ampliamente precarizados, reduciéndolos a “palurdos” y “fachos”, son estrategias insuficientes y, en consecuencia, recetas para el fracaso. Peor aún, desconocer la legitimidad del rechazo a los bloqueos por todos estos sectores urbanos cuyas vidas, efectivamente, están siendo afectadas también es un desacierto.
Con esto, desde luego, no es mi intención sumarme a aquellas lecturas que simplemente descalifican a los bloqueos como expresiones de irracionalidad. No cabe duda que, en las movilizaciones, existen demandas legítimas y ampliamente acertadas. Este descargo es importante, para evitar interpretaciones demasiado sentimentales y/o sesgadas de lo que intento argumentar acá.
Del otro lado del espectro, las redes sociales se han llenado de personas (influencers de toda laya) que divulgan nociones híper-reaccionarias, algunas disimuladas detrás del “chiste”, a partir de presentar sus apreciaciones personales y profundamente subjetivas con el rótulo de “análisis”. Dicho sea de paso, esta palabra ha sido completamente desprovista de su sentido crítico y riguroso. En algunos casos, el carácter sentimental y teatral de sus “análisis” y reproches es bochornoso, lo que no quiere decir que no sea atractivo para audiencias numerosas. En este estado de cosas, el reaccionarismo sigue ganando terreno y el riesgo será la manifestación de más escenas profundamente abyectas y envilecidas, como el ataque de los repartidores contra indigente ayoreos en Santa Cruz, o el linchamiento medieval y espeluznante de tres sujetos en Pocoata. Es decir, el avance del horror.
Previamente, me referí a otro ensayo publicado en 2018, en el que planteaba que la crítica del gobierno del MAS, no solo desde la derecha sino también de las izquierdas que ya se habían alejado de este proyecto, estaba estancada en dos aspectos. Por un lado, la indignación por el irrespeto a la institucionalidad democrática. En este caso, señalaba que la defensa a ultranza de la institucionalidad se convirtió en un lugar común repetitivo y, en muchos sentidos, desconectado de la realidad social del país. Sin embargo, también señalé que esta noción de sentido común iba fortalecerse en la medida en que se amplíe la “clase media” precarizada.
Por el otro lado, también critiqué la obsesión de los críticos del MAS con la figura de Evo Morales, como una expresión de la impotencia de las izquierdas. En esa ocasión escribí los siguiente: “La sinonimia Evo/pueblo es la eficaz construcción del gran otro: el humilde pero clarividente paladín de la democracia”. Es curioso que, en la crisis actual, si hay un espectro que está incrustado testarudamente en la cabeza de los “analistas” de derecha que quieren descalificar las movilizaciones y los bloqueos; ese espectro es el de Evo Morales.
Después de tantos años fuera de la política gubernamental, sigue siendo un “pequeño gran Otro”, aunque sea para convertirlo en el chivo expiatorio. Lo peor es que esta figura ilusoria es bastante eficaz. Quizás no para rehabilitarlo políticamente porque, como señalo previamente, la noción de sentido común que parece extenderse más es la de posicionarlo como el enemigo. Y, esto no es más que otro síntoma de esta “bukelización” y “mileización” de una parte importante del electorado y la población trabajadora.
En este sentido, un aspecto que me parece importante para leer la situación actual es la reconfiguración de la formación social boliviana. Mi hipótesis es que la crisis política parece revelar una escisión entre “dos o más Bolivias”. No las que señalaron los indianistas y los decoloniales; esa división es, desde mi perspectiva, ya muy anacrónica. Si no, por un lado, una Bolivia que representa los vestigios del corporativismo vinculado a sectores socioeconómicos no del todo precarizados (trabajo asalariado, tenencia de tierra), lo que no quiere decir que no estén pauperizados, y que comparten una ética más colectiva. Y, por el otro, la Bolivia de la informalidad, la precariedad, el cuentapropismo y de una ética de vida y trabajo “meritocrática” y más afín a las falacias del fundamentalismo del mercado.
Para intentar terminar este texto con un tono un poco positivo, durante la conversación nocturna a la que me referí al inicio, mi amigo me expresó que: “hay que eliminar lo revolucionario de este país”. No lo decía en un sentido conservador -espero-, sino refiriéndose a alguna de las contradicciones señaladas previamente. En ese marco, yo le planteé que, no es que haya que “eliminar lo revolucionario”, sino que que es urgente repensar, reteorizar y reencausar el sentido de “lo revolucionario”. Esto solo será posible una vez que las izquierdas logren liberarse de nociones que son dadas por sentado y de la pulsión de limitarse a la consigna combativa y, entre otras cosas, a descalificar al “adversario”. Esa es la estrategia de las derechas.
El gran desafío para el ciclo que inicia, y que todavía no sabemos a ciencia cierta como se va a configurar, será interpelar y atraer a aquellos sectores de las clases subalternas que ahora mismo están entusiasmados por las promesas del fundamentalismo del mercado y de la estadolatría represora. Para ello, un elemento fundamental es y seguirá siendo la autocrítica.



























