Mundo

Un lugar en el mundo

1 octubre, 2026

Escrito por:



Imagen:

Angel Colina

Un lugar en el mundo

La acampada también es un lugar en el mundo donde encontrarse, escucharse, mezclarse y abrirse a los relatos de vida de desconocidos. Rehacer un mundo común


29.09.26

Hannah Arendt hablaba de “un lugar en el mundo”: ese lugar desde el que una persona puede ser vista, escuchada y reconocida por otros. Una realidad compartida, un mundo común. En la antesala del nazismo, y como su condición de posibilidad, Arendt describe un proceso de “desolación”: la pérdida de ese lugar en el mundo para millones de personas (apátridas, refugiados, masas de personas desarraigadas). La pérdida de una realidad compartida, la desconexión de un mundo común.

La propaganda totalitaria, explica Arendt, prende y sólo puede prender en la “soledad de masas”. Entre individuos aislados que ya no pueden escuchar y ser escuchados, contrastar percepciones, discutir interpretaciones, orientarse colectivamente. Cuando desaparece el mundo común, la propaganda sustituye la realidad por una coherencia ficticia, un sistema de explicaciones en circuito cerrado, una ideología.

Esta es una de las mayores dificultades de una “comunicación antagonista o alternativa”: no sólo se trata de decir otras verdades, sino de rehacer los lugares y los espacios desde donde elaborarlas conjuntamente, hoy borrados o virtualizados en ese nuevo proceso de desarraigo de masas que llamamos “neoliberalismo”.

También por esto la acampada por la vivienda en Sol es importante. Es un medio para un fin: la lucha por una vivienda digna para todos y todas. Pero también es un lugar en el mundo donde encontrarse, escucharse, mezclarse y abrirse a los relatos de vida de desconocidos. Rehacer un mundo común.

Así me lo narra mi amigo Javier Bachiller, que pasa el día en la acampada hablando con la gente que ocupa la plaza, con los jóvenes recién llegados con sus tiendas de campaña, con esas personas que acuden a compartir su historia, su preocupación, su malestar.

Las conversaciones con mucha de la gente que pasa por la puerta del Sol no son en absoluto fáciles. Lo que Javier se encuentra a menudo es una naturalización de la “lucha por la existencia”, un realismo crudo que se expresa en fórmulas como: “No todo el mundo puede vivir en las ciudades”, “tampoco pasa nada por irse a vivir al campo”, “no se debe tensionar la economía con intervenciones estatales”, “soy libre para sacarle todo el beneficio que quiera a mi propiedad”.

Lo que operan aquí son ideas de mundo, ideas sensibles que se conectan a experiencias de vida, pero que desconectan de otras de las que no quieren saber nada (los desahuciados, los expulsados, los “perdedores” de esa guerra de todos contra todos). Subjetividades profundamente especuladoras que ven la vivienda (y cualquier otra cosa) como un activo valorizable. Javier les discute, entendiendo que la acampada es también un espacio de contacto con el otro: “¿todo es un activo valorizable, también el cuerpo, el cuerpo de tus hijos?”, “¿te parece lo mismo el derecho a la vivienda y el derecho a la especulación?”, “¿no ves una diferencia entre movilidad forzada o escogida?”.

A la acampada llegan también jóvenes sin experiencia de politización previa. ¿Quiénes son, qué ganas e imaginarios traen? Javier les habla de los sindicatos de vivienda, distintos a los sindicatos tradicionales, espacios donde la gente se reúne en torno a un problema, donde es posible escuchar a gente muy distinta –de otros países, de otras clases sociales– relatando en primera persona experiencias muy duras de vida. Al compartirse, saltan las lágrimas pero las lágrimas se convierten después en acción colectiva, el malestar se nombra y politiza. La acampada sirve también para descubrir mundos nuevos, nuevos modos de entender y practicar esa palabra tan desprestigiada que es la política.

Javier me cuenta también otras historias: la de un chico muy perdido que llega buscando ayuda para un desahucio inmediato, la de una mujer con pinta de vagabunda que aparece por la noche y relata lúcidamente lo que es la vida en la calle después de haber sido expulsada de su casa, la de un hombre anarquista con muchas peleas a sus espaldas que comparte su diagnóstico fatalista sobre un país enfermo de desigualdad y maltrato e imposible de curar.

Todas estas historias, todos estos personajes, todas estas experiencias encuentran en la acampada “un lugar en el mundo”. No sólo un medio para un fin, sino un espacio donde ser vistas y oídas, reconocidas y escuchadas, donde ser rescatadas de la soledad como destino fatal. Un lugar donde podemos medirnos con las razones y vivencias de otros, pero donde estamos obligados a tenerlas en cuenta, a no apartarlas de la vista. Un espacio donde pueden cuestionarse y empezar a disolverse los imaginarios que naturalizan la agresión, la desigualdad, el descarte, donde la idea de guerra de todos contra todos por la existencia puede dar paso a un mundo más habitable, más igualitario, más común.

28.09.26

Mi amigo Javier Bachiller me cuenta lo siguiente: ha decidido pasar buena parte de su tiempo en la acampada hablando con la gente random que pasa por la plaza. Supongo que un poco por “defecto profesional” (trabaja como mediador en una institución cultural), por el gusto que le da el hablar con extraños y por convencimiento político de que eso tiene interés, aborda a los curiosos o los paseantes y les pregunta: “¿Sabes por qué se está acampando?”. E inicia una conversación.

Persigue con humor y suavidad a los que no quieren saber nada (porque creen saberlo ya todo) diciéndoles: “¿Pero te vas a quedar con lo que dicen en la tele?”. Me cuenta las charlas que tuvo ayer, difíciles, ásperas, con gente que no sólo no está de acuerdo sino que rechaza directamente (y lo hace saber) lo que representa la acampada. Todo lo que se encuentra me parece bien interesante y le pido permiso para poner algo por escrito.

Por ejemplo esa señora que está en contra de la acampada porque “es de los de Pedro Sánchez” y que se queda desconcertada cuando Javier le dice que todo lo contrario, que es para presionarle a hacer lo que debería hacer y no hace. O esa pareja que afirma con contundencia que “la economía manda” pero se queda pensativa cuando Javier les pregunta: “¿Y qué pasa con aquellos a los que expulsa?”. O esos jóvenes que desconfían de la acampada porque hay banderas de Palestina y de la República pero escuchan cuando Javier les explica que sí, que el tema de la vivienda es una cuestión social escorada a la izquierda, pero que también hay mucha gente sin color político claro y “sin bandera”. O esos caseros que rentan un segundo piso y aseguran nunca haber apretado al inquilino, pero también hablan de que hay gente –refiriéndose tal vez a Maricarmen o a los jóvenes de la acampada– que no quieren “esforzarse” y ahí Javier les discute.

Ahora que se habla tanto del 15M, pienso que lo más importante de aquello (y su verdadera fuerza) no fueron las tiendas de campaña y las lonas, sino este espíritu: tenemos nuestras verdades, por supuesto, pero podemos entrar en contacto –más o menos difícil, áspero, conflictivo– con las verdades de otros. Tratar de descolocar sus estereotipos mentales a través de la invitación al diálogo. Pulir nuestras razones en el roce con otros argumentos o experiencias. Confiar en el encuentro con los extraños. Buscar en la emoción, como la que ha suscitado Maricarmen, esa potencia del consenso (que significa sentimiento compartido) entre los diferentes que hace temblar a los poderosos.


Publicada originalmente en ctxt.es